Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio Crespo, capital Duaca, estado Lara y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Más allá de sus fronteras y de la simple división de sus parroquias: Fréitez y José María Blanco, el municipio Crespo es, un latido que resuena en el pecho de quien lo recorre. Su patrimonio no se agota en piedras o antiguos decretos; es una herencia viva que se respira en el aire fresco de la sierra y en la generosidad de su gente. Es la promesa de un valle que, entre cafetales y leyendas, nos guarda el alma para que siempre sepamos a dónde regresar. En este lienzo donde la historia colonial y el murmullo de los ancestros se entrelazan para recordarnos quiénes somos, se erige Duaca. En este rincón larense no se lee solo con los ojos, sino con la memoria del sentimiento.
La historia, con sus hilos a veces severos, decidió concentrar esas raíces en 1620. Bajo la mirada de don Francisco de la Hoz y Berrío, nació oficialmente San Juan Bautista de Duaca, un pueblo de indígenas que, con el pasar de las décadas, aprendería a fundir su fe con el paisaje. Hay lugares donde el tiempo parece haberse detenido a descansar, arrullado por el susurro de la Sierra de Aroa, uno de esos rincones sagrados es Duaca, un valle largo y estrecho que se abre paso entre montañas como una caricia de la naturaleza en el noreste larense. Mucho antes de que el hierro de las armaduras extranjeras brillara bajo nuestro sol, estas tierras ya tenían dueños de alma libre: los gayones, los chipas y los ciparicutes, quienes entendían el lenguaje de las hojas y el pulso de la tierra.
Caminar por Duaca hoy es dejarse abrazar por su vegetación de bosque seco tropical, donde el verde perenne de Barro Negro y el misterioso bosque de Guape custodio el horizonte. Es un escenario dominado por la montaña, donde la vida transcurre al ritmo de la siembra. Pero si hay un aroma que define su esencia, es el del café. Hubo un tiempo, entre el ocaso del siglo XIX y los albores del XX, en que el grano rojizo y el silbato del ferrocarril Bolívar, ese camino de hierro que unía a Barquisimeto con Tucacas trajeron una bonanza tan luminosa que el pueblo fue bautizado, con justa razón, como la Perla del Norte.
Esa riqueza aún se lee en sus calles. La ciudad se despliega en una retícula que abraza la forma del valle, con manzanas rectangulares donde las casas de un solo piso guardan secretos de adobe y techos de teja. En el corazón de este centro histórico, se alza imponente el Templo de San Juan Bautista, faro espiritual y edificio emblemático que guarda cada año sus festividades patronales, recordándonos que, aunque el ferrocarril ya no pasa, el alma de Duaca sigue intacta, esperando ser descubierta una y otra vez.
Pero el municipio Crespo, no es solo piedra, adobe y fe; es también el misterio que baja con el agua desde lo más alto de la serranía de Aroa. Allí, donde la hacienda La Danta acaricia las nubes, nace la Quebrada Los Espíritus, un cauce que serpentea montaña abajo hasta fundirse en un abrazo con la quebrada de Cergua, allá en los dominios de Batatal. Su nombre no es un azar del mapa, sino un susurro que corre de boca en boca entre los pobladores. Dicen los que saben escuchar que el viento allí trae voces que no son humanos y ecos que desafiaban la lógica del silencio. Es un lugar que exige respeto, una frontera entre lo terrenal y lo sagrado donde, según la tradición oral, nadie se atreve a subir sin antes pedir permiso. El rito es sencillo pero profundo: una ofrenda de chimó, tabaco y aguardiente dejado a la orilla de la quebrada, como un pacto de paz con las presencias que custodian la corriente para que el camino sea generoso y libre de sobresaltos.
En este rincón del valle, la naturaleza se mantiene casi virgen, protegida por el temor reverencial de quienes la habitan. Allí no se persigue la caza ni se tienta la suerte con la pesca; quienes lo intentaron, cuentan las leyendas, regresaron con el alma turbada por fuerzas invisibles. Así, la quebrada permanece como un santuario intocable, apreciada por los duaqueños no solo por su mística, sino por ser esa madre generosa que, en los días de sed, surte de agua a su gente. Es, en esencia, el pulso líquido de un pueblo que entiende que hay tesoros que no se tocan, solo se veneran. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales del municipio Crespo, estado Lara!








