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La Societé Des Lettres: El refugio de papel donde nadie lee a solas

Hay refugios que no se levantan con ladrillos, sino con estanterías; lugares donde el silencio no es ausencia, sino una espera compartida. Así se habita La Societé Des Lettres, una cartografía de afectos donde los libros no solo se hojean, sino que encuentran al lector en el momento exacto para recordarle que, en el vasto océano de la literatura, nadie tiene por qué navegar en soledad.

Con una comunidad de más de treinta voluntades activas, este club de lectura nació con la vocación de ser un puerto seguro. Su génesis fue una pregunta que latía en el pecho de su fundadora, Damelys Núñez: ¿Dónde están los otros? Aquellos que, como ella, sentían que las letras eran el único idioma capaz de explicar el mundo.

“Solía hablar con mi familia y amigos, pero sentía que faltaba esa chispa eléctrica que solo se enciende cuando dos lectores se reconocen en una misma página”, confiesa la joven estudiante de Medicina de la Universidad de Carabobo.

Lo que comenzó como un anhelo individual en una Venezuela donde estos oasis literarios parecían espejismos, se transformó gracias al impulso de una amistad cómplice en una realidad tangible. Hoy, la identidad del club ha madurado: ya no se trata solo de acumular lecturas, sino de descifrar la vida a través de ellas y de permitir que el asombro sea siempre un acto colectivo.

Leer como un acto de resistencia

En el complejo relieve de la Venezuela actual, pertenecer a La Societé Des Lettres es, en esencia, un ejercicio de resistencia cultural. Entre las grietas de la cotidianidad, este grupo logra que la palabra no se detenga, alternando encuentros bajo la luz de un café o a través del brillo de una pantalla. El desafío de alcanzar el libro físico no ha sido un muro, sino un puente hacia la solidaridad. “Si algo hemos aprendido es que el lector es una criatura obstinada”, señalan sus integrantes. Si la librería calla, habla la biblioteca; si el estante está vacío, aparece la «mochilina» de un amigo o el enlace digital compartido como quien entrega un tesoro secreto. Aquí, el libro circula como un amuleto contra el aislamiento.

En sus reuniones, el tiempo parece suspenderse. Ante un mundo que corre tras el algoritmo, ellos eligen la pausa del debate. Cuando los libros se abren, los teléfonos pierden su brillo; la palabra viva resulta siempre más seductora que cualquier cristal líquido. La Societé no sobrevive por disciplina, sino por espontaneidad: es un organismo vivo donde cada voz aporta una nota a la sinfonía de la lectura mensual.

Un mapa de refugios: De la ficción a la piel

La lectura de una nación no es el inventario de sus glorias pasadas, sino el mapa de los refugios que construye para entender quién está siendo en el presente. Los miembros de este club miran su realidad y le ponen nombre de autor. Para Fabi, el país respira en las páginas de Fahrenheit 451, una lectura que se siente necesaria y peligrosamente real; mientras que Frangelys encuentra en el romance y la poesía la metáfora de una juventud que persiste, una literatura que se negaba a morir y que hoy florece con una terquedad admirable.

Por su parte, Eglis invoca el Ensayo sobre la ceguera como un espejo de la lucidez perdida, abogando por una sociedad que no solo consuma textos, sino que se transforme a través de ellos.

En esa misma línea de reflexión, Erika traza un paralelo con Los juegos del hambre, viendo en la ficción un reflejo de las batallas que se libran dentro y fuera de nuestras fronteras. Para Sara, el club mismo termina siendo una antología de relatos: historias de vidas que parecen distantes pero que convergen, inevitablemente, en el amor por la palabra escrita.

Al final del día, cuando las luces de la ciudad parpadean y el ruido del mundo parece aturdir, queda la página en blanco que espera ser compartida. La Societé Des Lettres no es solo un conteo de capítulos leídos o una lista de títulos en una estantería; es la prueba viviente de que, mientras existan dos personas dispuestas a desmenuzar una metáfora, el pensamiento seguirá libre.

Este rincón de Venezuela, leer ha dejado de ser un acto solitario para convertirse en un puente. Porque, como bien saben sus miembros, un libro puede ser un mapa, una brújula o un escudo, pero cuando se lee en comunidad, se convierte en algo mucho más poderoso: un destino compartido. Allí, entre café, pantallas y el susurro de las hojas, la literatura no solo se lee; se habita.

Información: Nota de prensa

Foto: Cortesía

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