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Municipio San Jerónimo/Gerónimo de Guayabal, estado Guárico: Patrimonio Cultural de Venezuela

Desde la mirada de la radiodifusión sonora comunitaria, que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural, y patrimonial, hablaré del municipio San Jerónimo/Gerónimo de Guayabal, estado Guárico y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20 de febrero de 2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22 de julio de 2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

El municipio San Jerónimo/Gerónimo  de Guayabal, está conformado por 3 parroquias según la división político-territorial de Venezuela, obteniendo autonomía el 16 septiembre de 1993 cuando se separa del municipio Camaguán. Estas parroquias son: San Jerónimo/Gerónimo de Guayabal (Parroquia Capital), Cazorla, y Uverito. Esta localidad llanera se encuentra al suroeste del estado, siendo el centro administrativo y poblado principal de dicha jurisdicción, debe su fundación a las misiones capuchinas que en su afán de evangelizar e imponer la religión católica, se dedicaron a la agrupación de los indígenas. Como parte integral de la fundación del pueblo, está La Iglesia de San Jerónimo/Gerónimo de Guayabal, que es el centro espiritual de la localidad, fundada en julio de 1795 por el Fraile Tomás Bernardo de Castro. La iglesia ha sido el epicentro religioso y social de la comunidad llanera, dedicada a San Jerónimo/Gerónimo (presbítero y doctor de la Iglesia), y cuyas festividades en honor a este santo patrono se llevan a cabo con misas y actividades culturales entre el 28 y el 30 de septiembre.

El Caño de San Bartolo no nace simplemente; despierta, emerge en los antiguos dominios del hato de Las Ánimas como un secreto compartido entre esteros y bocas difusas que se anudan en la tierra. Allí, donde el horizonte se confunde con el agua, comienza un viaje que es, en esencia la columna vertebral de nuestra geografía. Al suroeste de la parroquia Cazorla, el caño muestra su dualidad: en invierno es un torrente de aguas ocres, impetuoso y cargado de la fuerza del barro; en verano se sosiega en un verde profundo, casi meditativo. Sus orillas no son solo límites geográficos, sino santuarios de fertilidad. Allí se yerguen, como guardianes antiguos, el palo de agua, el dividive y el guásimo, formando una muralla de sombras frescas donde el cerezo de agua y el totumito parecen custodiar el paso del tiempo.

Para el hombre del campo, el caño San Bartolo, es más que un cauce: es un socio, en sus márgenes el agricultor hunde la semilla con la certeza del fruto, y el criador encuentra el sustento para su ganado. Cuando el cielo se rompe en lluvia, el caño se transforma en una autopista líquida, una vena abierta que comunica voluntades. En la sequía, se vuelve el último refugio, el abrevadero generoso que calma la sed de la fauna silvestre y de la gente que con respeto, transforma su linfa en vida doméstica. San Bartolo es, al final del día, ese espejo de agua donde Cazorla se mira para reconocerse hermosa.

La Mulera: El eco de un imperio bajo el cielo de Guayabal, hay lugares que guardan el peso de la historia en el silencio de sus pastizales. La Mulera es uno de ellos, en los tiempos en que el general Juan Vicente Gómez, trazaba el destino del país, estas tierras no eran solo una propiedad; eran el corazón de un imperio ganadero, una de las unidades de producción más vigorosas que conoció la nación. Para el habitante de Guayabal, La Mulera no es un simple recuerdo en los libros, es la raíz de su propia identidad productiva. Hoy, al cruzar el umbral que da entrada al pueblo de Guayabal, La Mulera se nos presenta no como un fantasma del pasado, sino como un caserío vibrante que ha sabido honrar su linaje. Sus habitantes caminan sobre una tierra que ha sido testigo de siglos de cría y pastoreo, manteniendo encendida la antorcha de la actividad agropecuaria con la misma dignidad de antaño.

Pero la verdadera magia de La Mulera reside en su lealtad a la naturaleza. Sus lagunas no son simples depósitos de agua; son espejos de vida, reservorios sagrados donde las aves llaneras dibujan el aire y los mamíferos encuentran refugio. Es un santuario donde la fauna silvestre reconoce su hogar, en un hábitat que se resiste a desaparecer. Habitar hoy La Mulera es un acto de resistencia poética: sus pobladores han decidido crecer sin herir la tierra, conservando las sabanas en su estado más puro y natural. Allí, donde el horizonte parece no tener fin, la historia y la ecología se dan la mano, recordándonos que el progreso más valioso, es aquel que sabe respetar el susurro del viento entre los pastos. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos culturales declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC)!

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